A lo largo de sus páginas, "Principios de ilustración" describe las claves de esta práctica profesional en todas sus fases y sectores, desde el proceso de diseño y de generación de ideas, hasta los métodos de trabajo analógicos y digitales, la diversidad de aplicaciones y medios donde publicar, las tareas de difusión y promoción del propio trabajo, así como las fases de producción e impresión. Además de toda la información teórica y práctica recogida, el libro incluye ejemplos de trabajo de los mejores ilustradores contemporáneos.Este libro es una guía que pretende dar respuesta a una visión más amplia de la profesión. Así, a lo largo de sus páginas, Principios de ilustración describe las claves de esta práctica profesional en todas las fases y sectores, desde el proceso de diseño y de generación de ideas, hasta los métodos de trabajo analógicos y digitales, la diversidad de aplicaciones y medios donde publicar, las tareas de difusión y promoción del propio trabajo, así como las fases de producción e impresión.
En realidad el libro resulta una enumeración y enunciado de los distintos elementos con los que tiene que lidiar un ilustrador sin llegar en ningún momento, a ahondar en el tema o en alguno de sus apartados. Esto es lógico, si tenemos en cuenta sólo su título. Sin embargo, nos quedamos con las ganas de saber algo más sobre el tema y no ver cada uno de ellos de pasada.
Autor: Lawrence Zeegen
Páginas: 176
Medidas: 20 x 23 cm
Edición: Rústica
ISBN: 84·252·2075·0
Precio: 29,50 €
Lugar de compra: FNAC (San Sebastián)
Lawrence Zeegen es ilustrador, profesor y escritor. Se graduó en el Royal College of Art de Londres y desde 1989 trabaja por cuenta propia. Entre sus clientes se encuentran las más destacadas publicaciones, editoriales, empresas de diseño y agencias de publicidad. Recientemente se ha asociado con Helen Rush, una agente que cuenta con una dilatada experiencia, para fundar ZeegenRush, firma que representa a los mejores ilustradores contemporáneos.
Establecida en 1998, Crush es una consultoría especializada en diseño, dirección de arte y publicidad, que se dirige a un amplio espectro de clientes provenientes de los sectores del espectáculo, la moda y el mundo editorial. Crush, que ha abogado siempre por integrar el uso de la ilustración en los proyectos de diseño, ha trabajado para marcas de ámbito internacional como Heineken, EMI Records o Greenpeace.
Texto de la introducción:
Introducción
Ilustración es una palabra ambigua, o lo era hasta hace poco. A pesar de no haber sido aceptada del todo por el negocio del arte ni por la industria del diseño, la ilustración ha continuado su lucha. Considerada caprichosa por los artistas y artística por los diseñadores, se encontró subsistiendo en una tierra de nadie situada entre ambas disciplinas. En el ámbito educativo la ilustración no ha llegado a impartirse como disciplina más allá de simples talleres donde el estudiante ha aprendido a interpretar algunas reglas básicas y a saltar las barreras para acceder a unos equipos que facilitan el trabajo. Sin embargo, la vida de un ilustrador no es apta para débiles y requiere de mucha determinación para encarar las exigencias y los rigores de una carrera profesional profundamente individual. Pero, contra todo pronóstico, la disciplina ha emprendido un impresionante retorno a la forma: ¿cómo y por qué?
Según el National Museum of Illustration de Rhode Island, en Estados Unidos, ‘los ilustradores combinan la expresión personal con la representación pictórica a la hora de transmitir ideas’ -una descripción útil, sin duda, pero que no capta la esencia de lo que el tema en cuestión es o ha sido hasta ahora-. Al describir la ‘época dorada’ en que revistas como el Saturday Evening Post recorrían los estudios buscando grandes ilustradores, Steven Heller, escritor especializado en diseño y director de arte, enunciaba: ‘la ilustración es el arte del pueblo’. El National Museum of Illustration se hizo eco de este sentimiento y fue más lejos incluso al declarar que ‘la ilustración sirve como reserva de nuestra historia social y cultural y es, por tanto, una forma de expresión artística trascendente y duradera’.
Son las imágenes contenidas en una ilustración lo que capta la imaginación del receptor y funcionan como enlaces inseparables entre momentos de su historia personal y el instante presente. Desde el primer contacto de los niños pequeños con los libros ilustrados hasta su admiración por las carátulas de sus discos o CDs en la adolescencia, las ilustraciones son protagonistas en muchos momentos de la vida y representan un papel importante cuando se trata de establecer la transición entre diferentes etapas. A mayor escala, es justo decir que la ilustración ha servido para registrar los logros y proezas del hombre, interpretándolos de una forma que no habría sido posible antes de la invención de la fotografía. Milton Glaser -cofundador de Pushpin Studios en Nueva York- subrayaba en La educación del ilustrador: ‘Al observar las pinturas de Pompeya, las pinturas rupestres de los aborígenes australianos o los maravillosos frescos de Italia, comprendemos un momento de la historia y las creencias de aquella población’. Es posible que la ilustración contemporánea funcione en un ambiente menos majestuoso, pero sus raíces invaden los estantes donde guardamos las revistas, los libros y las colecciones de discos en nuestras casas y se mantienen como testigo de la importancia que damos al arte y el método de esta disciplina.
Delimitar el momento en que nació la ilustración contemporánea no es tarea fácil. Una realidad considerada ‘contemporánea’ es moderna, actual, se muestra en sintonía con las tendencias e incluso está de moda. Por tanto, las imágenes que a la audiencia actual le costaría reconocer o recordar, quedarían enmarcadas en un pasado oscuro y lejano. Si dibujáramos una línea en la arena que señalara la mitad del siglo pasado, los carteles clásicos ilustrados por Tom Eckersley para la campaña de la II Guerra Mundial, o sus asombrosos pósters para Guiness debe-rían ser ignorados, pues se crearon en los años cuarenta. Y el mismo criterio podría aplicarse a gran parte del trabajo de Abram Games, a excepción de los carteles simbólicos que elaboró para el metro de Londres, los cuales deberían tenerse en cuenta, puesto que se realizaron a principios de los años cincuenta. El trabajo de Norman Rockwell para el Saturday Evening Post de Estados Unidos debería rechazarse, así como los carteles sobre la II Guerra Mundial de Ben Shahn. Pero sí se considerarían contemporáneos según este criterio el trabajo para la revista New Yorker de Saul Steinberg (quien emigró a Nueva York en 1951 desde Bucarest, vía Milán), los carteles del Metro de Londres de Edward Bawden y las ilustraciones de Ronald Searle para la revista Punch en el Reino Unido. Sin embargo, para muchos que crecieron en los años sesenta y setenta, los primeros ilustradores realmente contemporáneos provenían de una nueva generación de creadores de imagen.
Los años sesenta experimentaron un incremento sin precedentes del consumismo, cuando los baby-boomers de la posguerra enfocaron la vida con un optimismo y un entusiasmo nunca vistos. Los adolescentes llegaban a la mayoría de edad, surgían los movimientos juveniles y con ellos la necesidad de un lenguaje gráfico visual que los identificara. Psicodelia, Op Art y Pop Art situaron las artes visuales sobre el mapa firmemente. Era el inicio de una nueva época con perspectivas de futuro y las imágenes ilustradas ayudaron a definir la apariencia de la década.
Probablemente fueron los Beatles quienes, durante los años sesenta, ofrecieron a la cultura popular algunas de sus imágenes ilustradas más memorables: desde la portada de Klaus Voorman para ‘Revolver’, en 1965, hasta el clásico animado de ‘Yellow Submarine’ creado a partir de los dibujos originales de Heinz Edelmann’The Beatles Illustrated Lyrics’, de Alan Aldridge, libro imprescindible publicado en 1969. No obstante, fue el artista e ilustrador Peter Blake quien en 1967 utilizó una combinación de fotografía e ilustración para crear la portada de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, y consolidó el estatus de los Beatles como directores creativos vanguardistas, además de músicos. Entre las imágenes ilustradas que señalan los años sesenta como una década verdaderamente inpiradora se incluyen las simbólicas portadas de Martin Sharp para Oz, una revista satírica alternativa creada en Sydney y que posteriormente se trasladó a Londres en 1966, y su póster para Bob Dylan del año siguiente. Otro póster de Dylan, creado al otro lado del Atlántico por Milton Glaser en 1966, representa el cabello del artista como una estructura de espirales psicodélicas. Los cómics de ‘El gato Fritz’ de Robert Crumb, el cartel de Michael English para Jimi Hendrix, las portadas de Zap Comix creadas por Victor Moscoso y las portadas creadas por Rick Griffin para The Grateful Dead, son ejemplos que marcaron un antes y un después en esta década y son recordados por aquellos que eran adolescentes entonces y que agudizaron la diferencia entre la generación de la pre-guerra y la de la post-guerra.
A medida que los años sesenta daban paso a los setenta, considerados como una década olvidada por el gusto, empezó a tomar forma una nueva sensibilidad gráfica. Bajo la influencia de las drogas, que habían invadido los años hippies de finales de los sesenta, el trabajo en las ilustraciones de Roger Dean y Peter Jones tomó la estética visual de la fantasía y la ciencia ficción. La primera mitad de los setenta fue un período plagado de lenguaje gráfico, con ejemplos como la cubierta creada por Hipgnosis para Dark Side of the Moon de Pink Floyd, el fotomontaje surrealista de la portada de Tadanori Yokoo para el álbum de Miles Davis Agharta o la cubierta de Ian Beck para Goodbye Yellow Brick Road, de Elton John.
Los duros sonidos callejeros y, años más tarde, también el punk provocaron algunos cambios notables en el paisaje visual. Junto a este nuevo sonido, enérgico, urbano y realista, llegó un enfoque puro y duro del diseño, donde el trabajo gráfico realizado para bandas como Sex Pistols y The Clash se basaba en el ‘corta y pega’. A medida que el punk y la nueva ola adoptaban estilos ilustrativos cada vez más duros, diseñadores como Barney Bubbles, que trabajaba para Elvis Costello, Ian Dury y The Damned o Russell Mulls, en sus proyectos para Penetration y Roger Eno, hicieron caso omiso a todo cuanto había existido hasta entonces.
A lo largo de los años ochenta y noventa la popularidad de la ilustración sufrió una serie de altos y bajos. Las memorables imágenes de Ian Pollock para la produccion El Rey Lear de The National Theatre se enfrentan a las cubiertas creadas magistralmente por Pierre Le Tan para The New Yorker, mientras que las ilustraciones que Brad Holland elaboró para ambientar las páginas de numerosas revistas compiten con el trabajo de Glynn Boyd Harte, Chloe Cheese, Dan Fern, Seymour Chwast, Paul Hogarth, Peter Till, George Hardie, Bush Holyhead, Graham Rawle o Brian Grimwood. Quizá más conocidos por su trabajo durante aquellos años sean Gerald Scarfe, creador de la portada de The Wall, de Pink Floyd, y las imágenes de Ralph Steadman para ‘Fear and Loathing in Las Vegas’, de Hunter S. Thompson. Los ochenta fueron años prolíficos y, a pesar de la recesión que se viviría en los noventa, cuando parecía que se vivían los últimos momentos de esta disciplina tradicional, la llegada de la era digital supuso un renacimiento de la ilustración, así como una bocanada de aire fresco por las posibilidades que le ofrecía. De este modo, la ilustración continuaría retratando la actualidad.
Así pues, ¿qué espera al ilustrador del siglo XXI? ¿Tiene sentido el enorme interés por desarrollar una carrera que puede costar años consolidar, sólo para que se esfume en un instante? ¿Por qué tener que soportar la posibilidad de ser rechazado en la presentación de un portfolio o, lo que es peor, tener que perseguir a un departamento de contabilidad empeñado en ignorar requerimientos de pago meses después de que una factura haya vencido? La respuesta es sencilla. Tiene que ver con el deseo de comunicar, de crear imágenes y de comprobar que éstas funcionan sobre el papel. La ilusión de abrir una revista en la que se incluye tu propio trabajo, ver a la gente en el metro leyendo un libro para el que creaste la portada o pasar ante una valla publicitaria donde aparecen tus dibujos es un placer que merece la pena.
La ilustración requiere compromiso, personalidad y talento. Es poco probable que un ilustrador que falle en alguna de esas tres áreas reciba encargos y, lo más duro, que pueda seguir trabajando pasados sólo cinco años. Desarrollar un lenguaje visual personal, dominar los materiales y comprender los pormenores de la industria es sólo una parte del oficio; para tener éxito, necesitarás información de gente que trabaje en esta industria. Sólo entonces conocerás el verdadero secreto del oficio.’ Copyright del texto: Crush y Lawrence Zeegen
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL
Clic aquí para cerrar
Autor: Lawrence Zeegen
Páginas: 176
Medidas: 20 x 23 cm
Edición: Rústica
ISBN: 84·252·2075·0
Precio: 29,50 €
Lugar de compra: FNAC (San Sebastián)
Lawrence Zeegen es ilustrador, profesor y escritor. Se graduó en el Royal College of Art de Londres y desde 1989 trabaja por cuenta propia. Entre sus clientes se encuentran las más destacadas publicaciones, editoriales, empresas de diseño y agencias de publicidad. Recientemente se ha asociado con Helen Rush, una agente que cuenta con una dilatada experiencia, para fundar ZeegenRush, firma que representa a los mejores ilustradores contemporáneos.
Establecida en 1998, Crush es una consultoría especializada en diseño, dirección de arte y publicidad, que se dirige a un amplio espectro de clientes provenientes de los sectores del espectáculo, la moda y el mundo editorial. Crush, que ha abogado siempre por integrar el uso de la ilustración en los proyectos de diseño, ha trabajado para marcas de ámbito internacional como Heineken, EMI Records o Greenpeace.
Texto de la introducción:
Introducción
Ilustración es una palabra ambigua, o lo era hasta hace poco. A pesar de no haber sido aceptada del todo por el negocio del arte ni por la industria del diseño, la ilustración ha continuado su lucha. Considerada caprichosa por los artistas y artística por los diseñadores, se encontró subsistiendo en una tierra de nadie situada entre ambas disciplinas. En el ámbito educativo la ilustración no ha llegado a impartirse como disciplina más allá de simples talleres donde el estudiante ha aprendido a interpretar algunas reglas básicas y a saltar las barreras para acceder a unos equipos que facilitan el trabajo. Sin embargo, la vida de un ilustrador no es apta para débiles y requiere de mucha determinación para encarar las exigencias y los rigores de una carrera profesional profundamente individual. Pero, contra todo pronóstico, la disciplina ha emprendido un impresionante retorno a la forma: ¿cómo y por qué?
Según el National Museum of Illustration de Rhode Island, en Estados Unidos, ‘los ilustradores combinan la expresión personal con la representación pictórica a la hora de transmitir ideas’ -una descripción útil, sin duda, pero que no capta la esencia de lo que el tema en cuestión es o ha sido hasta ahora-. Al describir la ‘época dorada’ en que revistas como el Saturday Evening Post recorrían los estudios buscando grandes ilustradores, Steven Heller, escritor especializado en diseño y director de arte, enunciaba: ‘la ilustración es el arte del pueblo’. El National Museum of Illustration se hizo eco de este sentimiento y fue más lejos incluso al declarar que ‘la ilustración sirve como reserva de nuestra historia social y cultural y es, por tanto, una forma de expresión artística trascendente y duradera’.
Son las imágenes contenidas en una ilustración lo que capta la imaginación del receptor y funcionan como enlaces inseparables entre momentos de su historia personal y el instante presente. Desde el primer contacto de los niños pequeños con los libros ilustrados hasta su admiración por las carátulas de sus discos o CDs en la adolescencia, las ilustraciones son protagonistas en muchos momentos de la vida y representan un papel importante cuando se trata de establecer la transición entre diferentes etapas. A mayor escala, es justo decir que la ilustración ha servido para registrar los logros y proezas del hombre, interpretándolos de una forma que no habría sido posible antes de la invención de la fotografía. Milton Glaser -cofundador de Pushpin Studios en Nueva York- subrayaba en La educación del ilustrador: ‘Al observar las pinturas de Pompeya, las pinturas rupestres de los aborígenes australianos o los maravillosos frescos de Italia, comprendemos un momento de la historia y las creencias de aquella población’. Es posible que la ilustración contemporánea funcione en un ambiente menos majestuoso, pero sus raíces invaden los estantes donde guardamos las revistas, los libros y las colecciones de discos en nuestras casas y se mantienen como testigo de la importancia que damos al arte y el método de esta disciplina.
Delimitar el momento en que nació la ilustración contemporánea no es tarea fácil. Una realidad considerada ‘contemporánea’ es moderna, actual, se muestra en sintonía con las tendencias e incluso está de moda. Por tanto, las imágenes que a la audiencia actual le costaría reconocer o recordar, quedarían enmarcadas en un pasado oscuro y lejano. Si dibujáramos una línea en la arena que señalara la mitad del siglo pasado, los carteles clásicos ilustrados por Tom Eckersley para la campaña de la II Guerra Mundial, o sus asombrosos pósters para Guiness debe-rían ser ignorados, pues se crearon en los años cuarenta. Y el mismo criterio podría aplicarse a gran parte del trabajo de Abram Games, a excepción de los carteles simbólicos que elaboró para el metro de Londres, los cuales deberían tenerse en cuenta, puesto que se realizaron a principios de los años cincuenta. El trabajo de Norman Rockwell para el Saturday Evening Post de Estados Unidos debería rechazarse, así como los carteles sobre la II Guerra Mundial de Ben Shahn. Pero sí se considerarían contemporáneos según este criterio el trabajo para la revista New Yorker de Saul Steinberg (quien emigró a Nueva York en 1951 desde Bucarest, vía Milán), los carteles del Metro de Londres de Edward Bawden y las ilustraciones de Ronald Searle para la revista Punch en el Reino Unido. Sin embargo, para muchos que crecieron en los años sesenta y setenta, los primeros ilustradores realmente contemporáneos provenían de una nueva generación de creadores de imagen.
Los años sesenta experimentaron un incremento sin precedentes del consumismo, cuando los baby-boomers de la posguerra enfocaron la vida con un optimismo y un entusiasmo nunca vistos. Los adolescentes llegaban a la mayoría de edad, surgían los movimientos juveniles y con ellos la necesidad de un lenguaje gráfico visual que los identificara. Psicodelia, Op Art y Pop Art situaron las artes visuales sobre el mapa firmemente. Era el inicio de una nueva época con perspectivas de futuro y las imágenes ilustradas ayudaron a definir la apariencia de la década.
Probablemente fueron los Beatles quienes, durante los años sesenta, ofrecieron a la cultura popular algunas de sus imágenes ilustradas más memorables: desde la portada de Klaus Voorman para ‘Revolver’, en 1965, hasta el clásico animado de ‘Yellow Submarine’ creado a partir de los dibujos originales de Heinz Edelmann’The Beatles Illustrated Lyrics’, de Alan Aldridge, libro imprescindible publicado en 1969. No obstante, fue el artista e ilustrador Peter Blake quien en 1967 utilizó una combinación de fotografía e ilustración para crear la portada de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, y consolidó el estatus de los Beatles como directores creativos vanguardistas, además de músicos. Entre las imágenes ilustradas que señalan los años sesenta como una década verdaderamente inpiradora se incluyen las simbólicas portadas de Martin Sharp para Oz, una revista satírica alternativa creada en Sydney y que posteriormente se trasladó a Londres en 1966, y su póster para Bob Dylan del año siguiente. Otro póster de Dylan, creado al otro lado del Atlántico por Milton Glaser en 1966, representa el cabello del artista como una estructura de espirales psicodélicas. Los cómics de ‘El gato Fritz’ de Robert Crumb, el cartel de Michael English para Jimi Hendrix, las portadas de Zap Comix creadas por Victor Moscoso y las portadas creadas por Rick Griffin para The Grateful Dead, son ejemplos que marcaron un antes y un después en esta década y son recordados por aquellos que eran adolescentes entonces y que agudizaron la diferencia entre la generación de la pre-guerra y la de la post-guerra.
A medida que los años sesenta daban paso a los setenta, considerados como una década olvidada por el gusto, empezó a tomar forma una nueva sensibilidad gráfica. Bajo la influencia de las drogas, que habían invadido los años hippies de finales de los sesenta, el trabajo en las ilustraciones de Roger Dean y Peter Jones tomó la estética visual de la fantasía y la ciencia ficción. La primera mitad de los setenta fue un período plagado de lenguaje gráfico, con ejemplos como la cubierta creada por Hipgnosis para Dark Side of the Moon de Pink Floyd, el fotomontaje surrealista de la portada de Tadanori Yokoo para el álbum de Miles Davis Agharta o la cubierta de Ian Beck para Goodbye Yellow Brick Road, de Elton John.
Los duros sonidos callejeros y, años más tarde, también el punk provocaron algunos cambios notables en el paisaje visual. Junto a este nuevo sonido, enérgico, urbano y realista, llegó un enfoque puro y duro del diseño, donde el trabajo gráfico realizado para bandas como Sex Pistols y The Clash se basaba en el ‘corta y pega’. A medida que el punk y la nueva ola adoptaban estilos ilustrativos cada vez más duros, diseñadores como Barney Bubbles, que trabajaba para Elvis Costello, Ian Dury y The Damned o Russell Mulls, en sus proyectos para Penetration y Roger Eno, hicieron caso omiso a todo cuanto había existido hasta entonces.
A lo largo de los años ochenta y noventa la popularidad de la ilustración sufrió una serie de altos y bajos. Las memorables imágenes de Ian Pollock para la produccion El Rey Lear de The National Theatre se enfrentan a las cubiertas creadas magistralmente por Pierre Le Tan para The New Yorker, mientras que las ilustraciones que Brad Holland elaboró para ambientar las páginas de numerosas revistas compiten con el trabajo de Glynn Boyd Harte, Chloe Cheese, Dan Fern, Seymour Chwast, Paul Hogarth, Peter Till, George Hardie, Bush Holyhead, Graham Rawle o Brian Grimwood. Quizá más conocidos por su trabajo durante aquellos años sean Gerald Scarfe, creador de la portada de The Wall, de Pink Floyd, y las imágenes de Ralph Steadman para ‘Fear and Loathing in Las Vegas’, de Hunter S. Thompson. Los ochenta fueron años prolíficos y, a pesar de la recesión que se viviría en los noventa, cuando parecía que se vivían los últimos momentos de esta disciplina tradicional, la llegada de la era digital supuso un renacimiento de la ilustración, así como una bocanada de aire fresco por las posibilidades que le ofrecía. De este modo, la ilustración continuaría retratando la actualidad.
Así pues, ¿qué espera al ilustrador del siglo XXI? ¿Tiene sentido el enorme interés por desarrollar una carrera que puede costar años consolidar, sólo para que se esfume en un instante? ¿Por qué tener que soportar la posibilidad de ser rechazado en la presentación de un portfolio o, lo que es peor, tener que perseguir a un departamento de contabilidad empeñado en ignorar requerimientos de pago meses después de que una factura haya vencido? La respuesta es sencilla. Tiene que ver con el deseo de comunicar, de crear imágenes y de comprobar que éstas funcionan sobre el papel. La ilusión de abrir una revista en la que se incluye tu propio trabajo, ver a la gente en el metro leyendo un libro para el que creaste la portada o pasar ante una valla publicitaria donde aparecen tus dibujos es un placer que merece la pena.
La ilustración requiere compromiso, personalidad y talento. Es poco probable que un ilustrador que falle en alguna de esas tres áreas reciba encargos y, lo más duro, que pueda seguir trabajando pasados sólo cinco años. Desarrollar un lenguaje visual personal, dominar los materiales y comprender los pormenores de la industria es sólo una parte del oficio; para tener éxito, necesitarás información de gente que trabaje en esta industria. Sólo entonces conocerás el verdadero secreto del oficio.’ Copyright del texto: Crush y Lawrence Zeegen
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL
Clic aquí para cerrar


